lunes, 11 de junio de 2012

Ayer me desperté y soñé.

Ayer me desperté, desayuné y me aseé como un día cualquiera. Salí a la calle, hacia el bus. Como siempre. De todas formas no todo era igual. Se respiraba un aire distinto. La gente que iba a trabajar iba con una sonrisa en la cara, aunque con las mismas ojeras que yo recordaba. No parecía importarles haber dormido poco, se podía percibir en ellos un aura de... ¿impaciencia? Estaban impacientes por ir a trabajar. Aquello era nuevo. De todas formas pareció contagiárseme. Con una sonrisa me bajé del autobús y emprendí el paseo hacia la Universidad. 


Por el camino vi a los trabajadores prestando servicios a la gente, vi a la gente recibiendo servicios de los trabajadores. Realmente vi Trabajadores. Realmente vi Servicios. Unos se interesaban en darlos y otros agradecían recibirlos. Me había perdido qué pasaba ese día, consecuencia de no ver la televisión, imagino. 


Pronto divisé algo más conocido en aquella extraña tierra en la que había amanecido: dos hombres de verde fosforito frente a un humilde varón de unos 40 años, con unos vaqueros azules, una camisa a cuadros y unas zapatillas deportivas algo descuidadas. Un coche rojo descansaba a un lado de la carretera con las luces de avería puestas, esperando impaciente el regreso de su dueño. El centro de atención movía brazos y manos acompañando las palabras rápidas que exhalaba su boca inquieta. Me acerqué a preguntar al pequeño público que observaba la escena con semblantes que mostraban una empatía casi inhumana. Por lo que parecía, el hombre no regresaría al vehículo rojo, que seguía intentando captar su atención con sus destellos anaranjados a cada segundo. 


El hombre fue conducido amablemente al vehículo de más adelante que parecía pertenecer a los hombres del chaleco reflectante. Ahí va otro inocente. Pensé en alto. La mujer de mi lado, con un vestido naranja liso y un recogido en su cabellera negra rizada me miró a los ojos. No supe diferenciar si con duda, sorpresa o incluso afecto. No tardó en contarme que la Guardia del Bienestar Civil le iban a llevar al Hospital, que su mejor amigo estaba hospitalizado, y a él se le acababa de estropear su transporte. Ya habían llamado a un mecánico para que viniera a echarle un vistazo. 


Asentí y seguí mi camino, considerando el suceso anterior tan normal como ese semáforo que siempre me pilla en rojo. Me paré a esperar. Volví a echar un vistazo a esa calle con un buen humor generalizado, repasos de exámenes de última hora, anécdotas graciosas que se contaban los jóvenes, risas puntuales, preocupaciones de la señora de los pantalones de tiro bajo.


Llegué a la clase, a nuestra clase. Comencé a explicar la parte que correspondía a aquel día. Los alumnos casi en su totalidad asimilaban con agrado la información para lograr entender finalmente aquel tema de mayor complejidad que los anteriores. Cuando lo entendía uno, con una expresión que bien podría pensarse que acababa de encontrarle el sentido a la vida, se lo explicaba impaciente a su compañero de al lado. Explícalo en alto, a ver si con tus palabras la gente lo entiende mejor. Dio buen resultado. Me lo apunté. 


Cuando estaba de vuelta, oí un ruido lejano. Cada vez se acercaba más. Eran unas notas muy monótonas y repetitivas, poco melódicas. ¿Era la ambulancia? ¿Por dónde venía el sonido? De la derecha. No, de la izquierda. No, de detrás. Sí, de detrás. Lo apagué con un golpe, como siempre. Desayuné y me aseé, como un día cualquiera. Salí a la calle, hacia el bus. Como siempre... 
Todo era igual. 

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